Recuerdo mi amado hijo mayor

A nuestro amado hijo mayor, siguiente entrega del libro Mi amiga La Muerte de Kathy Piazzolla, sigamos disfrutando de la lectura.

Esta es la primera parte del texto.

Luego veremos ¿Hay vida después de la muerte? y Evolución y polaridad.mi amiga la muerte ocaso

A nuestro amado hijo mayor

Néstor Abel.

Hoy, junio 28 de 2002, siendo las 14 hs. y 17 minutos recuerdo que hace 41 años aún no sabía que dos minutos más tarde sentiría la primer contracción de ese primer parto que se anunciaba. Al percatarme del mismo, le dije a Doña Esther, mi suegra, “parece que va a nacer Nestitor!” Y ella preguntó “¿Y cómo te das cuenta?”

Le contesté,

En 18 años años que tengo, jamás sentí un dolor así

Le describí lo que me ocurría, y como si fuera hoy recuerdo que dijo algo como, “bueno, quedate tranquila, ya sé que vos tenés el bolso listo, yo enseguida me arreglo”.

Ella lucía fino cabello castaño hasta la cintura, el cual trenzaba en dos partes. Se puso tan nerviosa que en esa oportunidad hizo solo una de esas trenzas. Le temblaban las manos de emoción y prisa, e impaciente, con la otra hizo un rosquete el cual prendió con sus hebillas largas, “y ya está; después la haré”, dijo y buscó su saco de abrigo, vio que yo estaba lista y le dijo a Don Mariano, mi suegro, que fuera a la avenida a buscar un auto.

Salió mi suegro casi corriendo, y a los pocos minutos estaba con el coche en nuestra puerta, él se quedó, solo fui con Doña Esther.

A mitad de camino tuve la segunda contracción, de este hijo tan esperado, que nació a las 22.20 hs. de la noche del día 28 de junio de 1961.

Una mujer de 60 años que, por mucho que la vida la haya golpeado, jamás pudo quitarle su fe, ¿en quién? en la Vida.

Si te sorprende leer esto de alguien que ama la muerte tanto como la vida, ya estoy logrando mi propósito, pues para amar la muerte como yo, tienes que amar la vida como yo.

Creo en Dios, nací en un hogar de gente de trabajo. Mi madre fue peluquera como su padre, mi hijo menor y yo. Tuve la suerte de conocer a mucha gente, en cuatro generaciones en el oficio.

Mi madre tuvo un largo noviazgo con un empleado de mi abuelo; el muchacho decidió trasladarse a otra ciudad y el abuelo se opuso al casamiento, y rompieron el noviazgo por carta. Al poco tiempo conoció a mi padre en un baile.

Era el hombre más pintón que ella conociera, y además filosófo de la vida -no de libros- honrado, alcohólico y mujeriego. Ante la supuesta negativa de mi abuelo, como yo me había anunciado, no tuvo más remedio que aceptarlo.

Hasta mis ocho años vivimos con mis abuelos y tíos, allí estaba el negocio de mi abuelo y mamá trabajaba con él. Lo hacía para los gastos escolares y alimentos, y mi padre para alcohol y juguetes, pero fueron buenos
padres los dos.

Había poco tiempo para filosofar conmigo, y él tenía demasiado, así que fue el ídolo, no por mis juguetes, sino por el ejemplo de buen ser humano que fue.

Recuerdo un día en que mamá lo regañó, no mucho, pues lo aceptaba tal como era él, y al resto de la familia. Ese día había llovido mucho y él estaba como siempre haciendo pinta en el zaguán; en eso llega el cartero, empapado el joven.

Tal vez era mayor pero de talla chica, al verlo así le dijo,-”Esperá un momento”.

Al rato regresó con mis botas y capa de lluvia y se los hizo poner, diciéndole a mamá una gran verdad –“¿Acaso mandás a Cati al colegio cuando llueve?”
Nunca se enojaba mamá con él, por estas actitudes, pues ella era igual, eso es lo más hermoso que recuerdo de ellos.

Andaba yo por mis ocho años cuando el abuelo se cansó de trabajar, pues había comenzado de muy joven, y sacando cuentas dedujo que viviría de alguna renta. Por lo tanto, mis padres, se fueron a alquilar una casita para nosotros.

Inteligencia de mamá y benevolencia de los abuelos, pasé a vivir con ellos. Solo los fines de semana los pasaba con mis padres, a los que extrañaba mucho. No porque lo pasara mal, solo que los amaba, eran buenos conmigo.
Mis abuelos y tíos también, a los cuales jamás les di motivos de para que no lo fueran.

Sé que me amaban todos.

De mi abuela Chocha tendría que escribir un libro aparte. Fue el ser más noble y dulce que conocí; también la abuela Tota, madre de papá, fue muy buena. Vivía en otra ciudad, no la disfruté mucho, y la perdí siendo
muy niña.

El alcoholismo hizo estragos en la vida de mi padre, lo llevó a estar internado en un hospital psiquiátrico durante 3 años. No lo pude ver durante ese período, pues estaba en otra ciudad y mamá iba sola a visitarlo.
Andaba por mis catorce años y mi querido tío Aníbal, que amaba a mi padre, tal vez pensó que a mi edad sería un problema para ellos y resolvió ir a verlo para ver cómo estaba, y traerlo a casa.

Creyendo en la palabra de mi padre, de no tomar más, pobre tío, lo trajo.
Cayó peor que antes y no paró hasta su último día, falleciendo a los cuarenta y dos, destrozado.
Lo que mi tío desconocía era mi madurez.

Recuerdo que a los nueve años me pusieron pupila en un colegio, para aliviar a mis abuelos.

Cuando mamá me visitaba le demostraba alegría. Cuando se iba, lloraba en soledad.

Uno de esos días, apoyada en las frías paredes del pasillo del colegio, lloraba amargamente, creyendo estar sola, sentí en mi hombro una cálida mano. Una voz de ángel que me decía, -“¿Porqué llorás así hija?”

Era la madre superiora, a quien jamás olvidaré.

Enjugando lágrimas, le pedí por favor no contarle a mi madre que me había visto llorar. Ella trabaja y no me puede tener.

Me abrazó fuerte, lloró por mí.

Mandó a llamar a mis padres, pidiéndoles que resolvieran sus problemas y que me mandaran solo de día, y que por las noches me llevaran a dormir con algún familiar, si ellos no podían tenerme.

Escuchaba todo el diálogo desde otro recinto.

La madre superiora dijo que daba fe que jamás sería carga para nadie.

Bendije a esa fiel servidora de Cristo, a la que mis padres también valoraron.

Desde mis doce años vivimos en pensiones de gente conocida. Mamá se sentía más tranquila porque no deseaba que a esa edad me quedara sola. Siempre pensaba que los demás me cuidaban y no es omnipotencia, pero reconozco que me cuidé siempre sola.

Esto me alegraba, porque me dio oportunidad de conocer más personas. Sabiendo que de la gente se aprende mucho del comportamiento del ser humano y su filosofía.

Habiendo sido una mala alumna en la escuela, pues no me interesaba en absoluto materia alguna, solo trataba de aprender matemáticas.

Pensando que me ayudaría financieramente.

Eso sí, en comportamiento humano era buenísima, con maestros y compañeras, pienso que era cómoda. Jamás discutía, solo aprendía de todos, lo que para mí era valorable.

Desde niña pienso que la gente mala no existe. En este caso, han de carecer de salud, pues para mí el sano es sabio y el sabio es bueno.

Siempre tuve un lema: “Pacificar las tempestades de mi alrededor, sin permitir que éstas me arrastren”.

Bueno, querido lector, hasta aquí mis partes positivas y mis comienzos. Las negativas que me conozco, y los que me rodean me hacen recordar, no hacen, por suerte, que cambie..

Soy resolutiva por excelencia, creo que todo tiene que pasar por mi visto bueno, soy muy conversadora, aunque no me gusta hablar mal de nadie, jamás insultaría a nadie y no es por falta de motivos. Nunca sabré si soy
cobarde o cómoda. Sé que soy sensible y no soporto las discusiones, así que no las causo.

Cuando salto como resorte es cuando en mi presencia veo una injusticia cometida a un indefenso.

A mis hijos nunca les permití que hablen mal de sus hermanos si no es en su presencia.

De lo contrario, siempre le doy la razón al que no está, diciéndoles que se arreglen ellos cara a cara.

Así soy yo, de tu criterio, querido lector, me enteraré más adelante, pues sino tuvieras nada que decir de mí, habré fracasado, y no nací para fracasar en lo que me propongo.

¿Cuál es el propósito de este libro? Vos lo dirás.

Mi amor

A mis catorce apareció Él.

Por esa edad, me seguían todos, y yo no amaba a nadie, porque nadie había hecho palpitar mi joven corazón.

Hasta ese doce de agosto a las cinco de la tarde, paseando con dos amiguitas. Lo vi, casi media cuadra antes de llegar donde él estaba
parado, en esa esquina.

Les dije a mis amigas

-¡Dios mío, qué churro!

A lo cual, una de ellas dijo

-¿Te gusta? ¡A mí no!

Me salió un suspiro del alma, y respondí:

-¡Qué suerte!

-Lo conozco -dijo una de mis amigas- es del barrio.

Para esto, pasábamos delante de él y quedé muda y cabizbaja, pues pensé que él adivinaría mis pensamientos, sentí sus pasos detrás nuestro y al adelantarse hasta llegar a nuestro lado dijo,

-Qué hermosas flores las tres, me quedaría con la del medio

Se me heló la sangre, y no levanté la cabeza, ni emití sonido alguno. Pero él, entabló conversación aludiendo a mi mudez.

Se pusieron a hablar de cine, nombraron una película que había visto, y eso me dio pie para entrar en la conversación y allí comenzó todo.

Toda nuestra vida juntos sin separarnos jamás. Recuerdo cuando fui a poner las flores en la iglesia para nuestra boda, había allí una mujer que me dijo lo feliz que me veía.

¡Cómo no estarlo! Si me casaba locamente enamorada.

-Entonces has de llorar mucho, cuanto más se ama, más se sufre.

Cuánta verdad había en ella, en cada momento difícil de nuestra vida, recuerdo a aquella mujer, y imaginando cuánto habría amado ella!

Tuvimos que convivir con mis suegros durante ocho años lapso en los que nacieron nuestros dos hijos: A los diez meses nació Néstor Abel y cinco años después, Mariano Alberto.

Vivir con mi suegro fue una gloria; con mi suegra, un infierno.

Tenía buen corazón, mucha honradez.

Cuando estábamos solas era genial, pero cuando llegaban mis padres o visitas, empezaban los portazos, las indirectas, los ataques verbales con palabras educadas pero con filosa ponzoña. Esas agresiones eran constantes.

No me quedó nadie, ni amigos, ni familia.

Lloré tanto en mi habitación mientras él dormía. Me sentí acorralada. ¿Por qué era tan difícil convivir con ella?, me preguntaba.

Primero padecí el odio casi normal de los reprimidos, pues nunca me defendía, ni contestaba.

Recuerdo las palabras de mi madre antes de nuestra boda, llenas de amor, el mismo con el que me crió.

-Cati, vas a vivir con tu suegra, querela y respetala como a mí.

Eso hice, no me arrepiento, pero no podía entender su proceder, me había convertido en su sombra. Jamás pensé en separarme, porque el problema no era con él, que era otra víctima como yo, de su madre.

Jamás le di quejas de ella, para no hacerlo sufrir. Consciente de mi padecimiento, después de nacer Mariano, su padre había reunido un dinero, mi marido otro tanto.

Entonces, él resolvió comprar una casita, cerca de ellos. Somos cuatro en un dormitorio, a lo cual el abuelo dijo

–“¿Adónde queda la casita?”

-Acá cerca y tiene un gran terreno -dijo mi marido.

-Nos vamos nosotros, dijo mi suegro. Y agregó:-Hiciste ésta donde vivimos, así que te quedás vos, precisás la avenida para tu taller.

Como desconocía los planes de mi esposo, escuché petrificada, cómo mi suegra se levantó de la silla con cara de comerse a su esposo, pero inmediatamente enmudeció y se volvió a sentar.

Escuchando a su marido, que nunca hablaba, no tuvo más remedio que callar. El que nunca habla, lo hace para hacer justicia.

Ella no habló más y se fueron los abuelos a la casita.

Allí comenzó la etapa más feliz de nuestra vida. Duró poco, ya que al año y medio a mi suegro le diagnosticaron cáncer. Sufrimos por él, que era un santo. Sabíamos que mi suegra volvería con nosotros. Y así fue.

Cuando él murió, mi esposo me dijo que sabía lo que había sufrido cuando mi madre había estado sola, que no pasaría eso con la de él.

La abuela Esther volvió con nosotros más envenenada que nunca. Vivía porque respiraba, nada más. Por ese entonces, mi única felicidad radicó en que mi mamá conoció a su segundo esposo, Pedro.

Para nosotros fue un amigo, y supe que mamá no estaría sola.

La abuela Esther a los dos años de estar con nosotros, decidió irse al fin a vivir sola, claro llevándose a nuestro hijo Néstor a dormir con ella. Para mí era peor que soportarla.

Hasta que no aguanté más, y le dije a mi esposo que nadie había echado a su madre y que si no aguantaba su soledad, que volviera.

No lo hizo, y recuperé a mi hijo.

Pero ella, siempre encontraba otra víctima.

Así que le pidió a mi cuñada Tutti, su hijo menor Eduardo, pobrecito si habrá llorado, y también su madre, hasta que al fin quedó sola del todo, hasta el fin de su vida, pobre abuela Esther.

En ocasiones lloré su soledad.

La amé mucho, a pesar de lo que hizo sufrir, pues me dio el hombre de mi vida, y mis hijos nunca tuvieron que agachar la cabeza por ella, era una dama.

Cuando nuestro hijo Néstor, tenía doce años de edad, casi queda electrocutado y mi esposo, del susto quedó hablando incoherencias durante una semana.

Pensé en pasar un día de campo para ver si así se recuperaba y no me equivoqué. En esos días, hasta su voz había cambiado. Tenía la risa de loco y al volver del paseo se tornó más normal. Pero él ya no fue el mismo de siempre.

Nunca más

Cada problema que teníamos, le surgían las rarezas a lo cual, mi suegra indagaba, y deducía que

será por esto o por aquello,

con lo cual siempre me hacía sentir culpable de lo que al hijo le sucedía.

Fuimos a un psiquiatra y él se dio cuenta que fui una mujer engañada por su familia y para no destruirme más lo medicaba correctamente y decía que había tenido un shock emocional,

-ya pasará,

bendito Dr.Eduardo Duval, me engañó todo lo que pudo.

Para no quitarme las esperanzas que un día se curaría. Tuvo muchos ataques; nuestra vida fue un infierno. Ignoraba su diagnóstico:

Esquizofrenia.

Nació nuestro hijo Darío, cuando el niño tenía dos meses, le dio un ataque en presencia del hermano de mi suegra que estaban de visita. Internamos a mi esposo por cinco días.

Era el año 1978, y el tío decidió ir a hablar con el Dr. Duval conmigo y el bebé.

Pidió que no me engañaran más, que me dijeran la verdad de la enfermedad de mi esposo

no engañen más a esta mujer. Es su esposa

–dijo-

y ella tiene derecho a saber que a mi sobrino ya a los diecisiete años le habían diagnosticado esquizofrenia.

Recuerdo los ojos del médico, cargados de amor, y piedad con Julito entre los dos, surgió ese abrazo, fraterno y resignado con lágrimas.

Le dije entonces que mi suegra no había tenido piedad de mí, que me había estafado al no reconocer ante mí esta verdad y al hacerme sentir culpable de cuanto le ocurría a su hijo, a lo que el doctor contestó :

-¿Acaso tuvo piedad de él?

A raíz de esa cruel verdad, también nació en mí piedad hacia mi suegra pues comprendí que ella estaba enferma también, pues de ser normal, no me hubiese ocultado tamaña verdad y

¡Cati cambió!

Si no hubiera sufrido así, me habría convertido en la suegra que mi amada nuera, dice que soy! El amor que nos prodigamos con Estela Inés, paga mis penas pasadas y más aún con el regalo de Dios, de nuestro nietito Norberto Manuel.

De no sufrir lo que pasé, ¿Hubiera dicho a mis hijos que solo se casen a condición de amar a sus esposas más que a nosotros?

Volviendo a la vida de mi madre, enviudó casi a los diez años de su Pedro.

Y lo que es la vida, se volvió a casar al tiempo con el que fue su primer novio Francisco, casi ocho años de felicidad, pero enviudó otra vez, y terminó su vida con nosotros.

Tuvo una mala enfermedad, pero rodeada de nuestro amor, se fue contenta viendo a su nieto menor Darío, con su título de peluquero.

Cuarta generación con su profesión.

También con la tristeza de saber que su nieto mayor con treinta y cuatro años, tenía leucemia y tres años después Mal de Hodquin.

Nuestro amado hijo mayor, que perdimos el 26 de febrero del año 2002, con un padecimiento de casi siete años.

Durante veintiocho años mi esposo no levantaba la cabeza con su enfermedad.

Esto me hizo autosuficiente, yo que era blandita como manteca al sol, me hice tan dura, como mi vida me lo impuso.

De lo que me enorgullezco es que en toda mi vida, pasara lo que pasara, jamás me enojé con Dios.

El me premió en gran parte y de manera importante, a pesar de haber sufrido un terrible infarto, hace unos años, con la medicina actual y su buena voluntad, mejoró su salud mental de gran manera. Como para que, en el momento que tuvimos a nuestro hijo tan enfermo y luego su pérdida, encontrara en él, el apoyo para seguir luchando.

Como verás, mi querido lector, no tiré a mi esposo en un loquero y lo cuidé tantos años en casa, aunque daba más trabajo que un niño, y él me apoyó a mí dándome fuerzas, cuando más lo necesitaba; hoy estamos más unidos que nunca porque los dos nos demostramos lo que significa el amor verdadero, por eso nuestro matrimonio es sagrado.

Nosotros, que en toda nuestra vida con carencias de dinero, obviamente por su enfermedad, habíamos hecho solo dos viajes y a crédito.

Al morir nuestro hijo, vendiendo un auto que tenía, hicimos el viaje más feliz de toda nuestra vida, con todo el dinero necesario para todo cuanto se nos antojó.

¿Por qué será? Porque el viaje, nos lo pagó nuestro hijo Néstor, fue el mejor, ¿casualidad?

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Estamos seguros que fuimos los tres.
Sigue… Hay vida después de la muerte. A nuestro amado hijo mayor es la primera entrega.