Discurso en el sepelio de mi esposa

Quiero compartir con ustedes el siguiente texto: Discurso en el sepelio de mi esposa. Por Raymundo Reynoso Cama.

Ya en el atrio del cementerio
con el rostro triste y serio,
parado frente al ataúd de mi esposa,
contemplándola como ella reposa,
me dispuse a pronunciar mi discurso
y para no llorar empleando algún recurso.

Discurso en el sepelio de mi esposa

Discurso en el sepelio de mi esposa

Dirigiendo la mirada al público dije.

¡Querida familia! ¡Estimados amigos! ¡Distinguida concurrencia! En el proemio de esta disertación quiero agradecer profundamente la generosidad de todos ustedes por haber concurrido a este cortejo fúnebre, acompañando a mi esposa a su última morada. Quiero decirles que yo he estado acostumbrado a emitir discursos en diferentes certámenes, en muchos actos protocolares, pero hoy…me siento incapaz, impotente e ignorante para expresar con palabras lo que siente mi corazón por la irreparable pérdida de mi querida esposa, quien parte a la eternidad para nunca mas volver.

Fue entonces cuando se me quebró la voz y las lágrimas recorrieron mis mejillas, no obstante proseguí hablando y a veces llorando pero narrando con mucho dolor lo que yo quería expresar desde muy dentro de mi alma. Elevé el timbre de voz para disimular su temblor y dije:

La conocí en un mayo de otrora, mes de la Virgen María, en donde hay mucho recogimiento y oraciones como presagiando que más adelante las iba a necesitar demasiado. En setiembre del mismo año nos hicimos enamorados, mes primaveral en donde no solo nacen las flores sino que también nacen y crecen amores, como el nuestro, que son eternos y que perduran inclusive más allá de la muerte. Nos casamos en febrero, mes de la amistad y del amor, un hermoso comienzo conyugal que nos traería un porvenir lleno de ternura y comprensión dentro de la conducción de nuestro hogar. Por ser hija única de madre soltera, mi esposa llevó a vivir a su progenitora a nuestra casa, por supuesto con mi consentimiento. ¿Cómo iba a negarle una petición de esa naturaleza a la mujer de mi vida, si me lo solicitó con tanta ternura, con tanta humildad como solo ella lo sabia hacer? Por eso acepté lo que la mayoría de los esposos no lo haría. Durante nuestro matrimonio procreamos dos hijos maravillosos que vinieron al mundo como bendición de Dios…fue entonces cuando demostró ser una excelente mujer por su forma de conducirse dentro y fuera del hogar. Todos coinciden en que fue:

Una buena hija por que a su madre nunca abandonó,

una buena esposa por que a su pareja nunca traicionó,

una buena madre por que amó a sus hijos con tanta devoción,

una buena amiga por que se ganó toda clase de aprecio y admiración.

En el transcurso del tiempo íbamos haciendo planes y desarrollando proyectos para asegurar el porvenir de nuestros hijos, los que se habían convertido en nuestra razón de vivir. Así fuimos haciendo nuestra propia historia, escribiéndola con tinta del amor y en las páginas del alma para que nunca se borren, ni con el tiempo, ni con la distancia. Nuestra vida conyugal duró 36 años, que son pocos, pero muchos a la vez por que en ellos hubo mucho amor, mucho cariño, mucha comprensión, mucha ternura. Coincidíamos en todo, hasta en la Política, nos conocíamos tanto que parecía que nos leíamos el pensamiento. Un buen día recibimos la grata noticia de que nuestra hija iba a ser madre por primera vez, eso quería decir que nos íbamos a convertir en abuelos. Pero por esas cosas que tiene la vida, al día siguiente nos enteramos que mi esposa tenía cáncer severo, en otras palabras, mientras se desarrollaba y crecía un ser dentro del vientre de mi hija….afuera, su madre se iría consumiendo inevitablemente. ¡Paradoja infame del destino, un día te da y otro día te quita! ¡Dios mío! ¿Por qué permitiste que eso suceda? ¡Habiendo tantos criminales y violadores! ¿ Por qué no ellos, por qué escogiste a mi esposa que es tan buena? ¿En dónde te fallamos Señor? ¿Qué fue lo que hicimos de malo para merecer este castigo si siempre nos hemos portado bien para merecer tu misericordia? Nos parece injusto Señor y perdón por este reproche, pero es que me siento defraudado y desesperado…Sé que tú nos pusiste en este mundo solamente para ser felices pero que somos nosotros mismos, los humanos, los que nos hacemos daños. Existen unos pocos de poder económico que, en vez de buscar que combatir a las enfermedades incurables como el cáncer, más bien contaminan el ambiente con su bombas fabricadas que destruyen vidas, ellos son los verdaderos culpables de la desgracia del mundo y las diversas circunstancias que se confabulan para arremeter contra nuestros organismos y que en la mayoría de los casos no estamos preparados para protegernos adecuadamente. Empezó entonces el sufrimiento en la familia, pero haciendo todo lo humanamente posible para salvar a mi esposa o al menos prolongarle la vida lo más que se pudiera. A mi hija no le importaba exponerse con tanta barriga por su embarazo, acompañaba a su madre a todas las terapias, pero ese esfuerzo no fue suficiente por que su madre cada día se iba consumiendo y yo sentía que me iba muriendo junto a ella. Pero había que disimular frente a ella para no quitarle la ilusión de vivir. Efectivamente, mi esposa hasta el último momento quería vivir y eso es lo que más me duele por que se fue sin querer pero para nunca más volver. El cuatro de marzo fue el aniversario de bodas de mi hija, el cinco, es decir , el día siguiente dio a luz a su primera hija, el quince fue mi cumpleaños y el 22 de marzo falleció mi esposa. Un mes para recordarlo con mucha meditación por que si bien es cierto perdimos a un ser querido, pero es muy cierto también que dejó de sufrir esa terrible enfermedad que más adelante podría convertirse en más dolorosa.

Recuerdo que mi esposa últimamente ya no quería volver al hospital, solo deseaba estar en su casa, pero las circunstancias determinaron otra cosa. Un penoso día se agravó su salud y ya casi ni hablaba, entonces fui yo quien le pidió aceptara acudir al hospital para poder salvarla y ella asintió con un monosílabo ¡YA! Además le dije que no se preocupara por que yo iría acompañándola en la ambulancia, de igual manera contestó con otro monosílabo ¡YA! Estas fueron sus dos últimas palabras que escuché de sus labios por que los días posteriores ya no pronunció ninguna palabra…solo miraba y escuchaba por que sabemos que el oído es el último sentido que se pierde. Al notar que ella quería comunicar algo, decidí hablarle al oído y le dije: Amor mío, piensa solo en los momentos más lindos en que hemos vivido, piensa en los tiempos felices cuando éramos jóvenes, cuando recién nos conocimos y nos enamoramos, cuando nos escapábamos de la academia, cuando íbamos al río y contemplábamos el recorrer de sus aguas bajo las ramas de los árboles majestuosos que eran testigos de nuestro gran amor desarrollado a plenitud. Piensa en esos momentos en que nuestros hijos eran pequeñitos y nos hacían alegrar con sus inocentes ocurrencias. Solo piensa en eso y sentirás tu dolor desaparecer si es que aún lo tienes. No te preocupes por el porvenir de nuestros hijos, ellos tienen asegurado su futuro, tampoco debes preocuparte por tu madre…ella vivirá en nuestra casa todo el tiempo que lo quiera y tú estarás muy pronto en nuestro hogar sana y salva para seguir siendo muy felices, como antes, como siempre. No hagas caso a lo que hayas escuchado de los médicos y enfermeras, solo Dios es quien decide nuestro destino. Fue entonces que sus ojos se llenaron de lágrimas y recorrieron sus mejillas, saqué mi pañuelo y las sequé suavemente, pidiendo perdón mentalmente por la mentira dicha respecto a que iba a sanarse. Luego de aquello, mostró un rostro de tranquilidad y de paz, como que se hubiera mejorado…tuve que retirarme por que había concluido el tiempo de visita, me fui a casa pensando en lo ocurrido y al día siguiente a las seis y quince de la mañana falleció, así nos comunicaron del hospital por que ninguno de sus familiares estuvimos presente en sus últimos momentos. Eso es lo que más me duele por que hubiera querido que expire en mis brazos, pero Dios sabe lo que hace.

¡Finalmente señores, Si allá en la lejanía marina, en el crepúsculo de un atardecer muere el sol, acá en donde descansan las almas de nuestros seres queridos, nada muere, al contrario nace y crece un nuevo y sagrado recuerdo de mi querida esposa!

¡Adiós amor mío! ¡Adiós gordita linda! ¡Adiós vida de mi vida! ¡Descansa en paz!

Este ha sido el discurso en el sepelio de la esposa del profesor Raymundo Reynoso Cama.

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